¿Qué hago con lo que hicieron de mí? (Parte 2)
Análisis sobre la determinación y la asunción de responsabilidad propia.
En la reflexión anterior hablábamos del condicionamiento.
Nacemos en una familia determinada. En una época concreta. Con una genética particular. En un entorno cultural y social que no elegimos. Heredamos costumbres, limitaciones, oportunidades, miedos, fortalezas y debilidades.
Todo eso nos condiciona.
Pero no nos condena.
Y aquí aparece una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué hacemos con lo que nos ha tocado?
Porque, al final, de eso trata la responsabilidad. No voy a entrar en cuestiones filosóficas ni etimológicas. Basta con observar algo muy sencillo: ser responsable consiste en responder. Responder a la realidad. Responder a las circunstancias. Responder a la vida tal como es y no como nos gustaría que fuera.
1. Desplazar el foco desde la queja hacia la acción
Conocí hace años a una persona a la que aprecio profundamente. No mencionaré su nombre porque prefiero respetar su privacidad. Además, sospecho que tampoco le gustaría aparecer aquí. Es una persona extraordinariamente humilde.
Cada vez que me escuchaba quejarme por algo me hacía la misma pregunta:
No discutía. No me daba consejos. No me sermoneaba. Simplemente preguntaba: «¿Y qué vas a hacer?».
Con el tiempo comprendí que esa pregunta contiene una sabiduría inmensa. Porque desplaza nuestra atención desde el problema hacia la acción. Desde la queja hacia la responsabilidad.
2. La mancha roja y la lección de los diez años
Ahora bien, conviene poner límites. No todo depende de nosotros. No todo puede cambiarse.
Yo nací con una mancha rojiza debajo del ojo izquierdo. No es un golpe. No es una cicatriz. No es un derrame. Es un angioma, una acumulación de pequeños capilares sanguíneos muy próximos entre sí. Durante mi infancia escuché bromas, comentarios y burlas relacionadas con aquella mancha.
Mi madre, preocupada, me llevó de médico en médico buscando una solución. Hasta que encontramos uno que aplicaba láser. Era un tratamiento caro. Muy caro. Recuerdo perfectamente que me explicó los riesgos. Yo tendría nueve o diez años. Escuché atentamente y tomé una decisión:
Dije que no. Prefería quedarme como estaba.
Y ocurrió algo curioso. Mi realidad no cambió. La mancha seguía allí. Pero yo sí había cambiado. A partir de aquel momento dejé de luchar contra ella. Incluso me reía junto a quienes hacían bromas sobre mi aspecto.
No porque hubiera desaparecido el problema, sino porque había aceptado una parte de mí que no podía modificar razonablemente. Aquella experiencia me enseñó una lección fundamental:
Hay cosas que podemos cambiar.
Y hay cosas que debemos aceptar.
La sabiduría consiste en distinguir unas de otras.
Porque una cosa es aceptar una realidad física o genética, y otra muy distinta resignarse ante aspectos de nuestra vida que sí podemos mejorar: nuestras actitudes, nuestros hábitos, nuestra gestión emocional, nuestra manera de estudiar, nuestra disciplina, nuestra capacidad de esfuerzo.
Podemos construir, poco a poco, una realidad diferente. Quizás no dentro de una semana, pero sí dentro de diez o veinte años.
3. La pasividad como renuncia silenciosa
Por eso nunca me ha convencido demasiado la queja permanente. Todos necesitamos desahogarnos alguna vez. Todos tenemos derecho a expresar nuestro malestar. Pero convertir la queja en residencia permanente resulta peligroso: termina pareciéndose a una forma elegante de renunciar.
Si algo no nos gusta y podemos corregirlo, debemos actuar. Llevará tiempo. A veces mucho tiempo. Habrá intentos que fracasen, otros que salgan razonablemente bien y algunos que superen nuestras expectativas.
Incluso cuando no conseguimos exactamente lo que buscábamos, seguimos estando mejor que si hubiéramos decidido no hacer nada.
Porque la pasividad también es una elección. Y muchas veces termina convirtiéndose en resignación. Una resignación lenta y silenciosa que acaba erosionando la ilusión y la esperanza.
4. ¿Qué hacemos con nuestros talentos?
Sin embargo, la responsabilidad no consiste únicamente en corregir lo que no funciona. También consiste en desarrollar aquello que ya tenemos. Y aquí aparece otra forma de responsabilidad que solemos olvidar: ¿qué hacemos con nuestros talentos?
Muchas personas consideran que quienes nacen con altas capacidades han recibido una especie de billete premiado. Yo no lo veo tan claro. El talento sin trabajo apenas tiene valor.
Grandes ejemplos de responsabilidad con el propio don:
- Michael Phelps y Usain Bolt: Tenían condiciones excepcionales, es verdad, pero también entrenaron durante miles de horas, sacrificaron comodidad y persistieron cuando era difícil. Se hicieron responsables de lo que la naturaleza les dio.
- Albert Einstein: La Teoría de la Relatividad no fue una revelación instantánea. Fue el resultado de una enorme cantidad de trabajo, cálculos, errores, rectificaciones e imaginación.
En el estudio sucede exactamente igual. Todos queremos sobresalir, buenas notas y aprender más rápido. Pero he visto algo muchas veces a lo largo de mi vida profesional:
El talento abre puertas.
Pero la constancia las atraviesa.
Una persona aparentemente normal, con determinación, buenos hábitos y capacidad de sostener el esfuerzo durante años, suele llegar más lejos que alguien extraordinariamente talentoso que nunca aprendió a responsabilizarse de sí mismo.
La pregunta inevitable
Al final, la responsabilidad consiste en responder una pregunta inevitable:
- No con lo que me habría gustado tener.
- No con lo que tienen otros.
- No con la vida ideal que imaginé.
Con lo que tengo. Aquí. Ahora.
Porque ese es el único lugar desde el que puede comenzar cualquier transformación.
🌱 Un grado, cada día.