Cuando mi mente dice «no»
La conversación constante entre la mente que pide parar y la voluntad que decide continuar.
Hay una frase que me ha acompañado durante gran parte de mi vida:
Con el tiempo descubrí que casi nunca significaba lo mismo.
A veces quería decir que realmente no podía. Que había llegado a un límite físico, emocional o mental. Otras veces, sin embargo, significaba algo muy distinto:
Aprender a distinguir entre ambas situaciones ha sido una de las lecciones más importantes de mi vida. Y también una de las más difíciles.
1. Los cimientos de la voluntad en Beccar
Mi educación de la voluntad comenzó mucho antes de que yo supiera que existía algo llamado «voluntad». Crecí en Buenos Aires, rodeado de una familia enorme. Mi padre era de la capital y mi madre de Beccar, en el norte del conurbano bonaerense. A los pocos meses de nacer nos trasladamos allí. Cuando tenía cinco años, entre primos, tíos y familiares cercanos, éramos casi una pequeña tribu. Pasábamos de una casa a otra continuamente. Los adultos que nos cuidaban eran muchos y muy distintos entre sí.
Sin saberlo, aquellos años me enseñaron una primera lección: no siempre se puede hacer lo que uno quiere.
- Había horarios.
- Había normas.
- Había responsabilidades.
- Había límites.
La mente aprendía poco a poco que el deseo y la realidad no siempre coincidían. Comprender qué significaba realmente un «no se puede» fue el primer paso para entender después qué era un «no quiero». Allí comenzaron los cimientos de la voluntad.
2. La voz del cuerpo y la escuela del entrenamiento
Más tarde llegó el deporte. Y con él, una segunda escuela.
Cuando empecé a entrenar, descubrí que el cuerpo también tiene voz. Una voz muy persuasiva, por cierto. Te dice que pares. Que descanses. Que tomes un bocadillo. Que ya hiciste suficiente por hoy. Y, a veces, tiene razón. Pero no siempre.
En aquellos años aprendí que una cosa es escuchar al cuerpo y otra muy distinta obedecerlo en todo momento. Continuar no era opcional. Había que terminar la serie. Había que acabar el entrenamiento. Había que cumplir el compromiso adquirido. No por castigo. No por disciplina militar. Sino porque la vida está llena de tareas que merecen ser terminadas.
Cuando comencé a entrenar bajo la dirección de mi tío Gerardo «Paco» Mayorca, esa educación se volvió más sofisticada. Mi mente decía constantemente:
«Por favor, basta.»
«Todavía no.»
No se trataba de negarle el descanso. Se trataba de aplazarlo. Decirle que llegaría después. Que habría una pausa. Que podría recuperar energías. Pero que primero tocaba seguir. Descubrí que muchas veces la mente no necesita una negativa absoluta. Necesita una promesa razonable.
No le dices: «Nunca descansarás». Le dices: «Descansaremos luego». Y, sorprendentemente, suele aceptar el trato.
3. Universidad, trabajo y la caja de herramientas
Años después llegué a la universidad. Allí descubrí algo que cambió profundamente mi forma de entender el aprendizaje: aprendí que estudiar también se estudia.
Trabajaba a tiempo parcial y el tiempo disponible era escaso. Ya no bastaba con pasar horas delante de los apuntes. Necesitaba encontrar maneras más inteligentes de utilizar cada minuto. Así llegaron las técnicas de estudio.
La Técnica Pomodoro se convirtió en una aliada invaluable. También descubrí algo que hoy conozco como pensamiento difuso. Durante los descansos me tumbaba en la cama y me dedicaba a «comer techo», como decimos coloquialmente. No hacía nada. Miraba arriba y dejaba que las ideas se ordenaran solas. Resultó que muchas de las mejores soluciones aparecían precisamente cuando dejaba de perseguirlas.
Estrategias forjadas con la experiencia:
Cuando la mente se llenaba de pensamientos negativos, decía que había que contar hacia atrás. De cinco a uno los pensamientos se evaporaban. Yo era bastante blandengue para ciertas cosas y necesitaba más tiempo, así que empezaba en cien… y seguía hasta que el ruido mental disminuía. Funcionaba.
Cuando el cuerpo se negaba a continuar, hacía un pacto con él: le prometía descanso al terminar la serie de ejercicios. Y era verdad, descansaba. Lo que el cuerpo no sabía era que después habría otra serie más. Ese pequeño acuerdo permitía seguir avanzando.
Dividir los grandes objetivos en porciones manejables. Si queríamos bajar unos segundos en una prueba, no pensábamos en los segundos. Pensábamos en la siguiente etapa. Y luego en la siguiente. La mente soporta mucho mejor un pequeño desafío cercano que una meta gigantesca en el horizonte.
4. Las dos reglas que sigo utilizando hoy
Con los años probé muchas técnicas. Algunas funcionaron. Otras no. Pero hay dos que sigo utilizando día a día:
Visualizo el arrepentimiento. La decepción. La conversación futura conmigo mismo. Y me pregunto: «¿Quiero vivir eso?». La respuesta suele ser no. Entonces continúo.
No hablo de grandes recompensas. Hablo de pequeños reconocimientos: un trozo de chocolate, un café, un bocadillo especial o un helado. Algo sencillo y simbólico. Una forma de recordarle al cerebro que el esfuerzo también tiene momentos agradables.
La conversación constante con uno mismo
Después de tantos años, creo que he aprendido algo importante. La voluntad no consiste en ganar siempre. Tampoco en ignorar el cansancio. Ni en convertirse en una máquina.
La voluntad consiste en mantener una conversación constante con uno mismo: escuchar, negociar, cuestionar, persistir.
Y, sobre todo, aprender a distinguir cuándo nuestra mente nos está protegiendo de un peligro real y cuándo simplemente está intentando evitar una incomodidad temporal.
Porque muchas veces, cuando mi mente dice: «No puedo más»,
lo que realmente necesita escuchar es: «Tranquila. Da un paso más. Solo uno más.»
Y casi siempre descubre que todavía quedaba camino por recorrer. 🌱