¿Qué hago con lo que hicieron de mí? (Parte 1)
Una reflexión profunda sobre el condicionamiento social, familiar y el entorno inicial.
Nací en una familia con limitaciones.
Podría detenerme aquí y enumerarlas una por una. Pero, con el tiempo, he llegado a sospechar que todas las familias las tienen. Y lo mismo ocurre con las personas: todos nacemos con alguna clase de condicionamiento.
Unos nacen con limitaciones físicas. Otros con dificultades económicas. Otros con una historia familiar compleja. Algunos lo hacen en contextos de abundancia. Otros, en condiciones extremadamente difíciles.
Ahora bien, lo curioso es que no todos compartimos las mismas condiciones de partida, pero sí compartimos la misma dificultad: aceptar las condiciones que nos tocaron.
1. Las dos caras de la herencia
Solemos pensar que la desgracia consiste únicamente en nacer pobre, enfermo o en circunstancias adversas. Y, sin embargo, creo que la realidad es bastante más compleja.
Pobres quienes nacen pobres.
Pero también pobres quienes nacen ricos.
Piensa en un niño que trabaja en una mina de coltán en la actual República Democrática del Congo. Un lugar donde las preocupaciones de un niño de ocho años son tan básicas que resultarían difíciles de comprender para otro niño que crece en Luxemburgo. La vida les ha entregado cartas muy distintas.
Sin embargo, también imagino al hijo de una familia aristocrática que siente el peso de un apellido, de una tradición o de unas expectativas que jamás eligió. Quizás no quiera representar un linaje. Quizás no quiera estudiar Derecho en una universidad prestigiosa únicamente porque otros lo esperan de él. Quizás desee una vida mucho más sencilla.
Son ejemplos extremos. Pero sirven para ilustrar una idea importante: todos heredamos algún tipo de condicionamiento. Todos. Y casi todos comenzamos nuestra vida rechazándolo.
2. El deseo de ser otro y el espejo de los libros
Durante muchos años yo también lo hice. Quise ser más alto. Más fuerte. Más atractivo. Más atlético. Quise tener más dinero. Quise pertenecer a una familia con más recursos. Quise parecerme a otras personas.
Creo que, en el fondo, todos hemos pasado alguna vez por ahí. Queríamos otro cuerpo, otra personalidad, otro entorno, otra historia, otro punto de partida. Siempre buscábamos la manera de estar en otro lugar, en otro momento o siendo otra persona.
Hasta que empecé a descubrir que aquello no me ocurría solamente a mí.
Lo descubrí primero en los libros:
- En El jorobado de Notre Dame de Victor Hugo.
- En El Conde de Montecristo de Alexandre Dumas.
- En Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.
- En Frankenstein de Mary Shelley.
- En Grandes Esperanzas de Charles Dickens.
Los personajes parecían compartir una misma inquietud: todos luchaban, de una manera u otra, con aquello que eran, con aquello que les había tocado vivir o con aquello que el mundo esperaba de ellos.
Y después empecé a verlo en la realidad: en el patio del colegio, en mis compañeros, en conversaciones aparentemente inocentes. Recuerdo frases como:
«Ojalá mi padre fuera como el tuyo.»
«Yo quisiera vivir en tu casa.»
«Qué suerte tienes.»
Resultaba curioso. Cada uno veía las ventajas de la vida ajena y las comparaba con sus propias carencias. Lo que no veíamos eran las dificultades que acompañaban a esas ventajas.
3. La escalera de la aceptación
Con los años comprendí que el rechazo inicial forma parte del camino:
1º Primero viene la incomodidad.
2º Después la resistencia.
3º Más tarde la comprensión.
4º Y finalmente la aceptación.
No hablo de resignación. No hablo de rendirse. Hablo de algo muy distinto. Porque no podemos transformar aquello que nos negamos a mirar.
Para que exista un cambio verdadero, antes debemos comprender. Y para comprender, primero debemos aceptar que la realidad es la que es. El cambio suele estar precedido por la aceptación, y la aceptación por la comprensión. Solo entonces podemos empezar a construir.
Esta idea aparece constantemente en la educación. Queremos leer más rápido. Queremos estudiar mejor. Queremos mejores notas. Queremos la inteligencia de una persona y la disciplina de otra. Queremos la memoria de aquel compañero y la capacidad de concentración de este otro.
Y rara vez nos detenemos a pensar que muchas de esas personas también desean algo que nosotros poseemos.
La comparación es un juego imposible de ganar. Siempre habrá alguien con más talento, más dinero, más oportunidades, más belleza, más facilidad.
La pregunta verdaderamente importante
«¿Por qué no soy como él?»
«¿Qué puedo hacer con aquello que soy?»
Y ahí comienza el verdadero trabajo. No elegimos nuestro punto de partida. No elegimos nuestra genética. No elegimos la familia en la que nacimos. No elegimos muchas de las experiencias que nos marcaron. Sin embargo, tarde o temprano, todos nos encontramos frente a la misma pregunta:
La respuesta completa requerirá más de una reflexión. Porque primero debemos comprender el condicionamiento. Después asumir nuestra responsabilidad. Y finalmente aprender a desarrollar resiliencia.
Pero todo comienza aquí: en el momento en que dejamos de luchar contra la realidad suficiente tiempo como para empezar a comprenderla. Solo entonces estamos preparados para transformarla.
🌱 Un grado, cada día.