Cuando no sé qué camino escoger
Aceptar la incertidumbre en la toma de decisiones complejas.
Hay una idea que me acompaña desde hace muchos años:
Suelo decirlo a mis alumnos cuando llega el momento de tomar decisiones importantes: elegir una asignatura optativa, decidir entre Matemáticas Académicas o Aplicadas, escoger una modalidad de Bachillerato, preparar la Selectividad o elegir una carrera universitaria.
Y casi siempre aparece la misma pregunta:
«¿Y si me equivoco?»
La pregunta parece razonable, pero encierra una trampa: da por hecho que existe una decisión perfecta esperando a ser descubierta, como si hubiera una respuesta correcta escondida en algún lugar y nuestra misión consistiera en encontrarla. Yo no lo veo así.
1. Las decisiones hablan de quiénes éramos
Las decisiones hablan de nosotros: de cómo pensamos, de lo que sentimos, de las experiencias que hemos vivido y de las ideas que tenemos en ese momento concreto de nuestra vida. Las tomamos con la información disponible, con la madurez que hemos alcanzado, con los recursos que tenemos y también con nuestras dudas.
Incluso cuando decidimos sin reflexionar demasiado, esa decisión sigue hablando de nosotros. También dice quiénes éramos.
Por eso, cuando miro hacia atrás, intento no juzgar con demasiada dureza a mis versiones anteriores. Hubo decisiones que hoy tomaría de otra manera, por supuesto. Pero aquellas elecciones pertenecían a la persona que yo era entonces, no a la que soy ahora. Y esa diferencia es importante.
Muchas veces no sufrimos por la decisión en sí. Sufrimos porque pretendemos que una versión pasada de nosotros hubiera pensado como pensamos hoy. Eso es imposible.
Con el paso del tiempo he aprendido que, cuando recordamos ciertas decisiones, quizá lo mejor no sea admirarlas ni justificarlas: quizá lo mejor sea comprenderlas. Y después aceptarlas.
2. La trampa de la certeza absoluta
Otra cuestión que conviene recordar es que toda gran decisión incluye una cierta dosis de riesgo. Siempre. No existe una carrera, una relación ni un proyecto sin incertidumbre.
Intentar eliminar completamente el riesgo suele producir el efecto contrario al deseado: aparece la parálisis por análisis. Pensamos tanto que dejamos de avanzar, analizamos tanto que terminamos agotados, buscamos tanta seguridad que nos quedamos inmóviles.
3. Tres pautas prácticas frente a la complejidad
Cuando un alumno me plantea una elección compleja suelo proponerle tres ideas sencillas:
Tener demasiadas alternativas agota el cerebro. A menudo creemos que más opciones significan más libertad, pero no siempre es cierto: a veces significan más confusión. Quédate únicamente con las dos mejores posibilidades. Nada más.
La intuición no es impulsividad: es experiencia acumulada trabajando en silencio. Es esa sensación difícil de explicar que aparece después de años de observación, aprendizaje y vivencias. No siempre acierta, pero ignorarla sistemáticamente tampoco es buena estrategia.
Pregúntate: «¿Qué es lo peor que podría ocurrir?» y diseña un plan sencillo para afrontarlo. Muchas veces descubrimos que el peor escenario no es tan terrible como imaginábamos, y al dejar de temerlo, la decisión se vuelve más ligera.
Aceptar la incertidumbre no significa actuar sin pensar: significa comprender que ninguna elección viene acompañada de garantías. Elegir no asegura un resultado concreto, pero sí nos devuelve algo muy valioso: la capacidad de dirigir nuestra propia vida.
4. La vida como navegación
Porque las personas no nos definimos únicamente por nuestras decisiones: también nos define lo que hacemos después de tomarlas.
Siempre podemos corregir el rumbo:
La vida no es una vía de tren. Se parece mucho más a la navegación. Podemos ajustar las velas, modificar la dirección, cambiar de puerto, rectificar, aprender, volver a empezar. A veces llegaremos más tarde de lo previsto. Otras veces descubriremos destinos que ni siquiera estaban en nuestros planes originales.
Por eso desconfío cuando escucho frases como «Ya es demasiado tarde». Tarde, quizás; demasiado tarde, casi nunca. Mientras exista la posibilidad de aprender, de adaptarse y de actuar, seguirá existiendo la posibilidad de cambiar de rumbo.
La verdadera tranquilidad
Y quizás ahí se encuentre la verdadera tranquilidad:
No en tomar siempre la mejor decisión,
Sino en saber que, si un día descubrimos un camino mejor, también tendremos la libertad de recorrerlo.
🌱 Un grado, cada día.